Guardar silencio y escucharse.

La natación tres veces por semana se pausó, pero nunca la reflexión y la docencia.

En el último año Gabriela ha guardado el silencio más profundo de su existencia, una vez que el ritmo de vida se iba en proyectos, inquietudes, invitaciones a orquestas o travesías. No pudo viajar a sus compromisos de música en Morelia, Tampico, ni hacer la gira con las facultades de la UNAM.  

“Yo guardé silencio. La música se unió a mi sentir y aprendí a escuchar los latidos de mi corazón y replantear mi quehacer como percusionista. Hay que reinventarse, pero primero me callo para saber la manera”. 

Así, trajo a su vida estudios de musicoterapia, neurolingüística, psicogenealogía, y a la vez, terminó el año 2020 agotada por la cantidad de horas que aumentaron frente a la computadora. 

“En una necesidad de escarbarme, invertí en talleres para la cuestión emocional. No soy fan de ver videos ni de las apps, pero ahora he tenido que hacerlo para complementar mis clases”.

En ingresos, considera que el Vive Latino 2020, donde colaboró con Café Tacuba fue su “último ingreso más o menos ‘bueno’”. 

“Soy privilegiada, mi sueldo es discreto, pero constante y estoy tratando de ajustarme a lo que tengo”. 

Aplicó para tres becas el último año, pero tan sólo en la convocatoria entraron más de 200 grupos para 40 lugares. Reconoce que es necesario que cada artista intente proyectos, y no apoyarse en todo, con los programas del gobierno

“Tengo muchos amigos músicos que ya pusieron algo de comida o una pizzería, la situación no es sencilla”. 

Pero no todo fue negativo, ganó  tiempo que jamás imaginó que se abriría con la vida acelerada y fuera de casa. Se conectaba virtualmente con sus familia para hacer recetas de cocina. Mole verde, de olla, cochinita pibil se hicieron los imperdibles. También, tiene un estudio a 15 minutos de su casa, ubicado en una zona en la que salieron casos de contagios de Covid, y que visitaba solo para limpiarlo. El epicentro de sus actividades fue su casa. 

“Mi casa es mi espacio de estudio, lo acondicioné para que entrara más luz. En diciembre lo dejé más amplio. Es un cuarto pequeño con todos mis libros, mi tambor y mi batería. Estuve en duelos, uno en junio, otro en noviembre y diciembre”.

En una etapa familiar de dolor, Gabriela ha encontrado alivio en el silencio y en sus baquetas que se vuelven bálsamo al tomarlas. 

“La música va trazando el camino, yo sigilosamente me estoy expresando”.

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Percusión sin necesidad de romper un tambor.

A Gabriela Orta le tocó ver caer paradigmas, uno de ellos, que a la fuerza física masculina se le relacione en la música con la batería, el timbal o las baquetas.

“No tienes que romper un tambor para demostrar que puedes ser percusionista”. Esta frase la puede decir firmemente desde hace casi una década, y aún así, reconoce que faltan muchas ideas que cambiar con el trato a las mujeres percusionistas y bateristas.

“Me acuerdo cuando tomaba clases de ensamble me decían: ´tú la maraca, lejos´. Me daba cuenta de que las mujeres éramos minoría. Los maestros me decían que era una actividad MMC “Mientras Me Caso”. 

Gabriela se aferró a su sueño de la infancia que fue opacado por paradigmas y otras actividades ajenas a la música. Pero el mundo da muchas vueltas. Actualmente, al contar su historia es necesario decir, que es pionera y ha zanjado el camino a nuevas generaciones. 

Es la primera mujer que se tituló con Mención Honorífica en la Escuela Superior de Música, como Licenciada en Percusiones en el 2008, y después de un camino ascendente ha sido parte de orquestas de prestigio como la Sinfónica Carlos Chávez, la Orquesta de la Ópera de Bellas Artes, o la Orquesta de Percusiones de la UNAM. Dentro de la música comercial ha colaborado con Café Tacuba, Julieta Venegas y Amanda Miguel, por mencionar algunos.

En la enseñanza, actualmente tiene grupos de alumnas desde los 9 a los 25 años. Y precisamente los 25 años, fueron parteaguas en su vida. 

Es la edad en la que dio el volantazo para cambiar de camino. Después de dos años de estudiar Ingeniería Biomédica “reventé, ya iba llegando a la mitad cuando les dije a mis padres que no era lo mío. En la semana me entristecía estar estudiando”. 

La empresa de instrumentos médicos desechables de sus padres, enrutó a sus dos hermanos a estudiar Administración, y con ella, el plan de graduarse como ingeniera, no funcionó. La música no era parte del ADN de la familia, salvo que sus padres gustaban de la música bohemia, estudiantinas o el mariachi. En sí, la referencia de Gabriela en sus inicios, fue la maestra Flora Rodríguez.

“Desde niña me gustaban los sonidos fuertes, pedí una batería de regalo y nunca me la dieron. Fue una lucha por este sueño. Hoy todo valió la pena, pese a lo desgastante. Me iba a los conciertos de la OFUNAM y ahí conocí a la maestra Flora. Es una percusionista del Politécnico Nacional y ahora una gran amiga. La veía en el bombo, pandero, platillos, y pensé ‘si esa señora puede, yo también’, lo fui decretando inconscientemente”. 

La música se volvió una obsesión, tanto que se creó una disciplina de ocho horas diarias de estudio, algo que la ingeniería no despertó. La música fue siempre su hogar y fuente de confianza y el dinero empezó a crearse también pese a las estrechas oportunidades para las mujeres.

“Gané una audición y me empezaron a invitar a las Orquestas. Era becaria, pero daba clases, me metí a la pedagogía musical, empecé a estudiar de todo para tener más posibilidades de trabajo. Tengo una copia de un cheque, el primero de mis salarios, eran como 600 pesos”

Los paradigmas han cambiado y lo mira en sus alumnas, que tienen carreras alternas a la música, así como los maestros tienen más apertura, pero aún falta igualdad de salarios a nivel Dirección y que deje de sorprender cuando una mujer lleva el timbal, que es “la energía de la orquesta”

Si hay un legado que quisiera dejarnos es que “la percusión no se trata de fuerza, es quizá mañana, técnica y corazón”.